Sushito de mi vida

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De caseros somos todos, hasta el sushi más mitificado, al que podemos calzarle unos ingredientes de estar por casa que nos devuelvan las ganas de clausura, y ya puestos, de rezar para que a la próxima nos salgan más.

Para unas 28 piezas: 300 gr de arroz bomba, 500 ml de agua, 3 rodajas de salmón, ½ pepino, ½ aguacate,  1 zanahoria, queso philadelphia,  vinagre de arroz, salsa de soja, wasabi, 4 láminas de algas marinas.

Enjuagamos nuestro arroz bajo el grifo hasta que el agua almidonada que lo baña quede totalmente cristalina. Ponemos a cocerlo en una olla con el agua indicada a fuego bajo y con la tapa bien encajada durante quince minutos. Dejamos reposar sin descorchar el recipiente por espacio de unos quince minutos más. Retiramos la compuerta y también la cara para no vahearla sin necesidad. Escurrimos bien nuestro arroz y lo extendemos sobre una bandeja generosa en superficie, y jugamos con los granos: con ayuda de un tenedor humedecido con vinagre de arroz o agua en su defecto los surcamos sin malherirlos de un lado a otro y de arriba abajo hasta que queden templados y contentos. Desensobramos nuestras aromáticas láminas de algas y las colocamos sobre un trapo limpio y seco, y encima de cada una de ellas una cantidad de nuestro arroz aplanado, dejando un centímetro de margen por cada extremo para que luego no se nos vaya por peteneras al enrollarlo. Rellenamos a lo juliana: acunamos en nuestra sabana arrocera trocito alargado de pepino y de aguacate, de zanahoria y pimiento verde, o rojo, de queso Filadelfia, o lo que se quiera pero sin excedernos del ½ dedo de ancho para facilitar la posterior manipulación, y cómo no, trocito de salmón fresco previamente congelado para curarnos en salud. Ya estamos en disposición de emporrar: enrollamos con ayuda de la esterilla japonesa que sólo habíamos utilizado como salvamanteles hasta ahora o con un trapo de cocina, y estiramos haciendo presión, con voluntad de que nuestro cilíndrico paquetito quede bien prieto y consistente, y lo sellamos a modo de porro humedeciendo con agua el extremo del alga con ayuda de nuestro dedo más trabajador. Los envolvemos en papel film y los metemos en el congelador para que ganen cuerpo mientras nosotros vamos preparando el nuestro: en un platito, colocar pegotito de wasabi por aquí, salsa de soja por allí, disolver pizquita del primero en el segundo y reservar.

Ahora viene cuando lo matan: con un cutter vamos cortando los frescos brazos orientales en trocitos de centímetro y medio y los vamos depositando como se quiera, que para eso los hemos hecho nosotros, en una bandeja para el uso. Y ahora ya sólo queda que lucirse con los palillos que manejamos sin dificultad, mojar en el ungüento, e ingerir de un bocado. De ponérsenos nariz de mr Potato o de muñeco de “operando” reducir la cantidad de wasabi o directamente no consumir ni dar a probar a los más pequeños si es su primera experiencia, pero sí todo lo demás: un viaje de placer que les hace perder el visado de vuelta.

Nota alergia al huevo: como está hecho en casa, no lleva trazas.

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